INICIO - ACTUALIDAD
María Pornito y otras delicias de la lectura
Autor: MISS DISLEXIA 07/22/2009
(Un texto enredado y lleno de guiones y paréntesis, especial para disléxicos)
Y si uno no fuera víctima de la señorita dislexia, sino alguien que sí lee, leería muchas más cosas que hacen la historia, y que, al tiempo, no son la historia, y entendería la fogosidad del siglo diecinueve, y su pasión, y su necedad, mucho más voyerista de lo que uno se imagina.
Román contó hoy un chiste. Él es cubano, creo. O de papás cubanos. En fin, es uno de esos isleños que se arremangan la camisa de la forma más sexy del mundo y que viven hace años en los United, y decía que hace poco estuvo en la Habana y encontró un grafiti en un cine:
“Si tu me la Miramax y a mí se me Paramount, yo te la Metro Golden Mayer en el Century Fox”
Hablando de porteros dormidos entre su ruana y su radio a cargo del edificio literario, ¿cómo lee la gente en el colegio? No hablo de “leer” en el sentido bonito, ese en que uno lee todo, como el graffiti del que habla Román en el que se entiende el chiste; o como se lee la ceja levantada de los papás cuando uno les jura que se le quedó sin batería el celular (por 12 horas de rumba, y justo un minuto antes de que ellos llamaran); o como uno lee la otra ceja de los papás cuando les promete que nadie tenía minutos, después de que ellos mismos le han abierto a uno la puerta de la casa a las 7 a.m.
Uno en el colegio lee literatura. Eso dicen los programas de las clases de español. Y lee diferente. Lee a una velocidad que no lo deja gozar, y bajo unos parámetros anti ortográficos, que convierten ese vicio delicioso de lEEr en un acto insatisfactorio de “ler”, así, a mil, apenas disfrutando. Y se lee, al menos en mi caso –pero hay gente que ha sido más afortunada– se lee, decía, de la forma más bacalao posible (entiéndase en el “bacalao” a la profesora de falda de largo incierto que grita por una depilación urgente, especialmente del bigote). Leer bacalao, al estilo del pez barbudo de ojos saltones es vérselas,por ejemplo,con María,la María como le dicen todos,de Mr. Jorge Isaacs,y no darse cuenta de lo pornográfica (o casi porno)que resulta. A uno le dicen que escriba en el quiz quién es Efraín y cómo es la historia, y uno responde:
"El man es un estudiante joven de medicina que se enamora de su hermana (que no es su hermana biológica sino adoptada, y que no se llama María sino Esther, una ex-judía jamaiquina –divina, se supone– a la que le quitaron lo judío haciéndola llamar María y le quitaron lo divino –es decir, lo deli-tropical-jamaiquino– convirtiéndola en una especie de virgen silenciosa. Un pajarito mojado). El caso es que los dos se enamoran, pero la ex-judía tiene algo parecido a la epilepsia que su raza no cristiana le ha heredado, así que mientras Efraín se va para Londres a volverse doctor, ella se va poniendo mal, hasta que se muere antecitos de que él llegue [te lo juro, mamá] a salvarla como se salva siempre a las princesas envenenadas, con un besito y un final feliz”.
Y está el logro cumplido, cómo no, con nota de 7 sobre 10 porque el bacalao tuvo que agregar varias tildes y algún par de comas, y porque “man” no es una palabra castiza. Pero cómo no va a pasar uno el logro, con tantas interpretaciones más o menos cercanas de la obra a las que se llega en cinco minutos por las autopistas de Google, o gracias a la amabilidad de los rincones de los vagos.
Pero si ambos, uno mismo y el bacalao, hubieran leído la novela (y aquí hablo de leer como se lee la indignación del novio cuando uno llega tarde, que no dice nada, pero uno sabe que ajá), en el quiz habría que contestar otra cosa. Tendría que contestarse que Efraín es un mirón metido en su papel de pre-doctor, y que le busca a María su Esther escondidita y tropical, que se le sale (casi a propósito) por los bordes de la manga, en el lado interior del brazo, en el encaje, en una mirada del piso al techo, lenta, parpadeante, oscura, que acaba por poner rojo a Efraín (y a nuestros abuelitos, que sí leían) y que lo obliga a salir corriendo a traer un libro que lo distraiga para contenerse de rasgar algún encaje y le permita seguir siendo el pre-doctor, tan correcto, que en Londres aprenderá a mirar el cuerpo con menos de ese ajá que sabemos. Todo un médico profesional.
Y si uno no fuera víctima de la señorita dislexia, sino alguien que sí lee, leería muchas más cosas que hacen la historia, y que, al tiempo, no son la historia, y entendería la fogosidad del siglo diecinueve, y su pasión, y su necedad, mucho más voyerista de lo que uno se imagina, mucho más de lo que las minifaldas y la Metro Golden y la Paramount, nos permiten ser hoy. Desde este rincón del siglo 19 en la dislexia del 21, y ahora que celebramos tan patriotas el bicentenario de la independencia, tal vez valdría la pena sugerirle al bagre que leyera –en el espacio secreto del baño, o en su clóset– a Mariapornito, y que se quejara menos de que el cine y las porquerías callejeras de la publicidad y los grafitis hagan que a “los niños” ya no les guste “ler”.
Miss Dislexia /@MissDislexia